Albricias en el Casanare
Cada año siempre selecciono un lugar donde pasar diciembre, busco lugares de albricias, de alegrías, busco
lugares hermosos paisajísticamente, donde se note la tranquilidad de la gente,
donde se conserve una gastronomía tradicional, donde la música sea la expresión
de la naturaleza y por ello en esta época escogí los Llanos Orientales, busqué
un lugar donde el sol salga temprano, las montañas sean adorno y la planicie
que me recuerde el Caribe, así, me decidí por Casanare.
Porque
una de las épocas que más convocan a la
meditación, al encuentro con el silencio es
este tiempo decembrino, aunque es también sinónimo de descanso, alegría,
balances y reflexiones, para buscar ese espacio de vida que permita mirar al
pasado, recorrer estos doce meses, hay que buscar lugares que no sofoquen el alma, que generen momentos quedos, instantes de completa
armonía entre la mente y lo que se desea alcanzar y es cuando se piensa en
estar unos días en la exuberancia de la naturaleza, la delicadeza del paisaje,
el amor del cielo y uno de estos sitios
es Casanare, son los llanos orientales los que ofrecen el encanto de edificarse, disfrutar y ante
todo vivir una cultura por descubrir.
Y es
que Cada año selecciono un lugar para realizar un análisis de los proyectos que
he desarrollado, de todo lo que he aprendido, dejé de hacer y cómo se puede
mejorar, este 2011 lo cierro en el departamento del Casanare, en un pueblo que
con su mismo nombre despierta el interés para edificarse y comenzar nuevamente,
es Agua Azul, un municipio pequeño,
lleno de árboles, de un parque que genera maravillarse con la naturaleza, del
contraste entre la planicie y lo cerros, del silencio de sus calles, de la
honradez de sus habitantes, de la sonrisa que brinda el sol. Y es que cada año
se debe buscar un lugar que permita la vida, que se geste un mundo con
sorpresas benignas, con la iluminación del alma, de los sueños, de las
esperanzas y aquí tenemos el departamento del Casanare, sus haciendas, los
pueblos, las veredas, cada lugar y cada aldea son los propicios para que esta
época signifique cavilar sobre la existencia.
Sí,
este año me quedé en el Casanare, en lo verde de Colombia, me quedé en Agua
Azul, por el hecho de tener un nombre que significa vida, por el sonoro apellido
que tiene de Azul, me recuerda el mar, el cielo y quizá el silencio es azul,
porque este pueblo es como un estar en la meditación,
Es un diciembre expresado en el
Casanare, con voces inaudibles pero cercanas, con la brisa que pasa y pasa, que
se sienta y se queda allí en la profundidad de la búsqueda del porqué otro año,
de cuáles son los nuevos retos, de cuáles son los derroteros que se persiguen,
que están allí en la mente y el rostro del anciano que esta en la silla por las tardes y al pasar sonríe, en los
pobladores que con la mirada saludan, en la misma vida que se transforma.
En esta meditación de todo el mes de
diciembre no solo es escribir sobre lo que se proyecta para el 2012, es también
disfrutar de los alrededores del pueblo, hay que estar atento para poder
capturar cada mañana los amaneceres del sol, acá es donde nace, jamás en
nuestros mares se verá el amanecer igual, sino las vespertinas como arco iris,
pero acá emerge, acá se siente su majestuosidad entre el verde, mientras en el
norte (Costa Atlántica)se edifica la vida con las puestas a media noche de la
luna, uno de los espectáculos más hermosos que he visto, la misma aurora boreal
hace su presencia y por ello en este mes me vine con la nostalgia de dejar los
acantilados marinos y llegar a capturar no solo con la cámara sino con la
visión puesta en las poéticas noches de cómo se oculta la Luna en los llanos
orientales, de cómo se enamora la vida en el silencio y gemir de los animales nocturnos de esta
tierras que invitan a ver lo grande su belleza y lo infinito de la vida.
Endri Martín Torres Romero.
Magister en Filosofía
Latinoamericana.
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