viernes, 20 de febrero de 2015

Dunas, mar, magia y colores: La Guajira.

Aún eran las tres de la  mañana cuando el señor conductor avisó que era la  hora de salir, ya estábamos listos, la noche anterior no habíamos dormidos pensando en lo hermoso que es  ir al Cabo de la vela, poder conocer de cerca a los Wayúu, esa cultura que se nos presenta como misteriosa, lejana y llamativa,  por estar en la punta más septentrional de Colombia y por lo que causa ir a la Guajira: alegría y aprendizaje.



Una despedida rápida de Riohacha, el mar esta en calma y el  baquiano, quien esta oportunidad nos orienta y nos dice que hay que alistar las cámaras, los sentidos, “los voy a llevar por una tierra sagrada, conocerán las rancherías Wayúu y si tienen la oportunidad de hablar con un palabrero es importante que  se tomen  una fotografía”
Llegar a la Guajira, a la tierra que ha inspirado  a tantos músicos, que es maravillosa por todo lo que representa, por lo indígena, por el color de su tierra  y más llegar a la Alta Guajira, donde los ojos hay que tenerlos atentos porque siempre hay una sorpresa, siempre hay cactus, chivos, trupillos, y en esta oportunidad, acercándonos a Uribia –Capital indígena de Colombia- la primera mirada es hacia el sol, este se esta levantando sobre la planicie llena de ramajes. No se siente calor, la brisa es  constante, la segunda sorpresa es una linda mujer Wayúu, vestida con su manta, llena de pronunciados colores, la dejamos atrás, sobre la vía, hay que seguir y un aviso de Bienvenida nos aproxima a Uribia, un pueblo que sus calles se crean a partir de un parque en forma de sol, aquí nos bajamos y hay que besar este pueblo.

Benditos versos, es la canción que desde niño siempre había escuchado y era necesario oírla en esta travesía, un lugar que en este viaje nos lleva a Manaure, a los montículos de sal, a las colinas blancas cerca del mar, en este momento hay que bajarse y tocar, hay que  fotografiar, sonreír, es otro espacio, otro mundo lleno de sabiduría, de música, de indígenas alegres y de  festejos.




Ya vemos las dunas, la arena, las mochilas, se siente el viento de años, estamos en el desierto guajiro, en la espesura de los cactus y por el camino se ven los niños Wayúu que atraviesan un delgado hilo, se esconden en las rancherías, ahora si hay que sentarse a ver de cerca la vegetación.
Existe en esta tierra un pueblito llamado Cabo de la Vela, una aldea frente a un mar apacible, sereno, silencioso, sin olas, azul, parece una infinita piscina, aguas tranquilas donde  hay que ver las Wayúu tejiendo.

Todo lo que nos dicen en la escuela, lo que presentan los medios de comunicación y lo que se alcanza a escribir aquí no es  total con vivir este momento, llegamos a  las arenas milenarias, un espacio  amarillo. Un mar azul, totalmente azul…