Dunas, mar, magia y colores: La Guajira.
Aún eran las tres de la mañana cuando el señor conductor avisó que
era la hora de salir, ya estábamos
listos, la noche anterior no habíamos dormidos pensando en lo hermoso que
es ir al Cabo de la vela, poder conocer
de cerca a los Wayúu, esa cultura que se nos presenta como misteriosa, lejana y
llamativa, por estar en la punta más
septentrional de Colombia y por lo que causa ir a la Guajira: alegría y
aprendizaje.
Una despedida rápida de Riohacha,
el mar esta en calma y el baquiano,
quien esta oportunidad nos orienta y nos dice que hay que alistar las cámaras,
los sentidos, “los voy a llevar por una tierra sagrada, conocerán las
rancherías Wayúu y si tienen la oportunidad de hablar con un palabrero es importante
que se tomen una fotografía”
Llegar a la Guajira, a la tierra
que ha inspirado a tantos músicos, que
es maravillosa por todo lo que representa, por lo indígena, por el color de su
tierra y más llegar a la Alta Guajira,
donde los ojos hay que tenerlos atentos porque siempre hay una sorpresa,
siempre hay cactus, chivos, trupillos, y en esta oportunidad, acercándonos a
Uribia –Capital indígena de Colombia- la primera mirada es hacia el sol, este
se esta levantando sobre la planicie llena de ramajes. No se siente calor, la
brisa es constante, la segunda sorpresa
es una linda mujer Wayúu, vestida con su manta, llena de pronunciados colores,
la dejamos atrás, sobre la vía, hay que seguir y un aviso de Bienvenida nos
aproxima a Uribia, un pueblo que sus calles se crean a partir de un parque en
forma de sol, aquí nos bajamos y hay que besar este pueblo.
Benditos versos, es la canción que
desde niño siempre había escuchado y era necesario oírla en esta travesía, un
lugar que en este viaje nos lleva a Manaure, a los montículos de sal, a las
colinas blancas cerca del mar, en este momento hay que bajarse y tocar, hay que
fotografiar, sonreír, es otro espacio,
otro mundo lleno de sabiduría, de música, de indígenas alegres y de festejos.
Ya vemos las dunas, la arena, las
mochilas, se siente el viento de años, estamos en el desierto guajiro, en la
espesura de los cactus y por el camino se ven los niños Wayúu que atraviesan un
delgado hilo, se esconden en las rancherías, ahora si hay que sentarse a ver de
cerca la vegetación.
Existe en esta tierra un pueblito
llamado Cabo de la Vela, una aldea frente a un mar apacible, sereno,
silencioso, sin olas, azul, parece una infinita piscina, aguas tranquilas
donde hay que ver las Wayúu tejiendo.
Todo lo que nos dicen en la escuela,
lo que presentan los medios de comunicación y lo que se alcanza a escribir aquí
no es total con vivir este momento,
llegamos a las arenas milenarias, un
espacio amarillo. Un mar azul,
totalmente azul…
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